Llega septiembre y con él, un montón de cambios: volver al colegio o empezarlo por primera vez, nuevos horarios, rutinas que hay que recuperar después del verano, entradas y salidas más ajustadas… Todo esto, que para los adultos ya puede ser bastante estresante, para los niños es un mundo nuevo que a menudo les desborda. Y es aquí cuando aparecen las famosas rabietas.
Quizá en casa estos días notas que tu criatura se frustra más rápidamente, llora por cosas pequeñas o explota en una pataleta monumental porque le has dado el plátano partido por la mitad. Si te pasa, que sepas que no estás haciendo nada mal: todo esto también forma parte del proceso.
¿Por qué hay más rabietas en momentos de adaptación?
Las rabietas son, en realidad, una expresión emocional. Cuando el niño o la niña no sabe poner palabras a lo que siente, es el cuerpo quien habla: llanto, gritos, caídas al suelo, resistencia.
Cuando vivimos un período de adaptación (nuevo colegio, cambio de horarios, nuevos espacios o personas…), las criaturas se sienten inseguras. Todo es distinto y su cerebro, que todavía está aprendiendo a gestionar emociones, reacciona buscando seguridad. Y la manera de expresar todo el cóctel de emociones que sienten es a través de una rabieta.
Hay que entenderlo así: la rabieta no es manipulación, te está pidiendo ayuda.
¿Cómo podemos acompañarles?
No hay fórmulas mágicas, pero sí algunas claves que pueden hacernos el camino más fácil:
- Validar las emociones
Cuando nuestro hijo estalla, lo primero que necesita es sentirse comprendido. Una frase sencilla como “Entiendo que estás enfadado porque no quieres ir a dormir” puede marcar la diferencia. - Anticipar lo que vendrá
Los cambios son más fáciles si se pueden prever. Explicarles qué pasará (“Mañana iremos al colegio, y después de comer mamá vendrá a recogerte”) les da seguridad. También pueden ayudar cuentos o juegos que representen la situación. - Mantener límites claros y afectuosos
Decir que “sí” a todo no ayuda, pero decir que “no” a gritos tampoco. Los límites son necesarios, y cuando los comunicamos con calma, los niños entienden que el mundo es seguro y previsible. - Dar pequeñas opciones
Dejarles elegir cosas sencillas (“¿Quieres llevar la mochila roja o la azul?”) les da sensación de control y reduce conflictos innecesarios. - Cuidarnos nosotros
Cuando acompañamos rabietas, nuestra propia calma es clave. Si estamos cansados o nerviosos, nos costará mucho más sostener la escena. Recuerda: no puedes verter de una taza vacía. Busca pequeños momentos para cuidarte también tú.
Una mirada positiva
Las rabietas son intensas, sí, y pueden agotarnos. Pero también son una etapa necesaria del desarrollo. Gracias a estos momentos, los niños y niñas aprenden a poner límites, a identificar emociones y, con nuestro apoyo, a regularse mejor.
A nadie le sorprende que un niño de 18 meses lleve pañal, ¿verdad? Pues tampoco debería sorprendernos que tenga rabietas.
Con paciencia, empatía y constancia, cada rabieta se convierte en una oportunidad para crecer juntos.
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