El otro día viví una de esas mañanas que parecen un pequeño escape room familiar: eran las 8:30, los niños aún en pijama, y en menos de quince minutos teníamos que vestirnos, hacer pipí, lavar caras, peinar cabellos —y el tema de dejar la casa recogida ya ni me lo planteaba —-Todo eso intentando mantener la calma y aplicar esa crianza consciente que intento practicar cada día… o al menos la mayoría.
Lo conseguí a medias. Pero de camino a la escuela de mi hijo mayor, los dos literalmente corriendo calle abajo mientras yo les estiraba del brazo, me di cuenta de algo incómodo: no paraba de decirle “¡corre, venga, que llegamos tarde!”. Una mañana más viviendo en modo urgencia.
Fue entonces cuando una madre de la clase me miró con esa expresión que dice sin palabras “tranquila, todas estamos igual”. (Y qué se agradecen esas miradas de complicidad entre madres, ¿verdad?). Me sonrió y me soltó una frase que me tocó de lleno:
“Es curioso que exijamos a las criaturas que lo hagan todo ya y rápido, y cuando ellas nos piden algo y lo quieren ya, somos las primeras en decirles ‘un momento’”.
Y qué gran verdad.
Nosotras queremos que aprendan a esperar, a tener paciencia, a respetar turnos y ritmos… pero a menudo somos las primeras en romper los suyos. Les pedimos rapidez, flexibilidad y madurez emocional en situaciones en las que nosotras mismas iríamos estresadas.
La vida frenética nos pone el piloto automático sin pedir permiso. Y entonces llega ese domingo por la mañana en el que desayunamos sin prisas, nadie nos espera, nadie nos reclama… y parece que haya pasado un ángel. Nos damos cuenta de lo que falta entre semana: tiempo, ritmo, aire.
¿Por qué las prisas son un desencadenante tan habitual de rabietas?
Porque interrumpir de golpe lo que un niño está haciendo —una torre, un juego simbólico, un dibujo, una construcción— es, para él, como si a nosotras nos apagasen el ordenador de golpe sin avisar y sin guardar.
Es un choque.
Una invasión.
Un “tú dejas esto ahora porque yo lo necesito”.
¿El resultado?
Llantos, oposición, rabietas… que a menudo interpretamos como “mala conducta”, pero que muchas veces son únicamente el resultado de ritmos que chocan.
Los niños no tienen nuestras prisas. No pueden ajustarse a la velocidad adulta solo porque nosotras vamos tarde.
Y aquí empieza el trabajo difícil (pero transformador):
revisar nuestro propio ritmo antes de pedirles que cambien el suyo.
Y no, eso no significa vivir siempre en modo slow parenting. Significa practicar conciencia, incluso en el caos matinal:
- anticipar más
- dar avisos progresivos
- validar la frustración
- ofrecer alternativas
- tener rutinas previsibles
- y, sobre todo, mirarles a los ojos cuando necesitan terminar esa última cosa importantísima que estaban haciendo.
Si notas que las prisas son un desencadenante habitual de rabietas… tengo algo que puede ayudarte
Las prisas, la frustración por las interrupciones, la dificultad para anticipar cambios… son uno de los desencadenantes más frecuentes de las rabietas. Y si quieres entenderlas de verdad y aprender a gestionarlas con calma (incluso cuando tú también vas justa de tiempo), he preparado un recurso que puede ayudarte muchísimo:
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Es una guía práctica, rápida y realista para que puedas:
- entender qué hay detrás de las rabietas,
- aprender a prevenirlas,
- gestionarlas sin gritos,
- y reforzar el vínculo incluso en los momentos más tensos.
Porque sí: hay mañanas imposibles.
Pero también hay herramientas que pueden hacerlas mucho más llevaderas.