Estos días, la muerte de una criatura que no pudo más nos ha sacudido a todos.
Una vida que se apaga demasiado pronto, y que debería hacernos mirarnos al espejo — no como docentes, ni como institución, sino como sociedad, como familias, como adultos.
Porque el bullying no empieza en la escuela.
Empieza mucho antes, y empieza en casa.
Empieza cuando ridiculizamos a alguien delante de nuestros hijos y lo disfrazamos de humor.
Cuando juzgamos el cuerpo, la ropa o la manera de ser de los demás.
Cuando restamos importancia al dolor ajeno o cuando, sin darnos cuenta, transmitimos que hay personas que valen más y otras que valen menos.
Educar no es solo enseñar a leer o a sumar.
Educar es hacerse responsable de lo que mostramos, de lo que toleramos y de lo que dejamos pasar.
Es enseñar que reírse de la humillación nunca está bien.
Que quedarse mirando también es participar.
Que decir “esto no me gusta” o “esto no está bien” es un acto de valentía.
Es enseñar que una broma deja de serlo cuando solo se ríen unos pocos.
Que si sabemos que algo hace daño, no se hace — ni para molestar, ni para hacer gracia, ni para encajar.
El bullying no nace en el aula: llega a ella.
Llega formado, alimentado por pequeños gestos que se repiten, por silencios que permiten, por miradas que juzgan.
Por eso, el trabajo importante hay que hacerlo desde la primera infancia.
Y es urgente que empecemos a hacerlo.
Este trabajo no es exclusivo de los maestros.
Es —y debe ser— un compromiso de las familias.
Porque en casa es donde se aprende qué es la empatía, qué es el respeto y cómo se trata la diferencia.
Qué podemos hacer desde casa
Hay muchas cosas pequeñas que pueden marcar una gran diferencia:
- Enseñar la diferencia entre un secreto sano y un secreto dañino.
Un secreto sano es una sorpresa, algo que hará ilusión compartir más adelante.
Un secreto dañino es aquel que da miedo contar, que nos hace sentir incómodos o que puede hacer daño a alguien.
Esto es esencial para que los niños y niñas sepan pedir ayuda cuando algo no está bien. - Dar siempre las gracias cuando nos cuentan algo.
Si nuestro hijo o hija nos comparte una situación —tanto si ha hecho algo que no estaba bien, como si ha sido víctima—, lo primero debería ser agradecer la confianza.
Escuchar sin juzgar.
Hablar desde el “busquemos juntos una solución”, no desde el castigo o la culpa.
Cuando un niño se siente juzgado o castigado por contarnos algo importante, deja automáticamente de vernos como su lugar seguro.
Y entonces empieza a ocultarnos lo que le pasa. - Educar con el ejemplo.
Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos.
Si nosotros nos reímos de alguien, criticamos el cuerpo de otra persona o despreciamos opiniones diferentes, estamos enseñando exactamente eso.
Pero si mostramos respeto, si pedimos perdón cuando nos equivocamos, si reconocemos nuestros errores, también estamos educando. - Hablar de las emociones.
Poner palabras a lo que sienten, sin prisa y sin miedo.
No hay emociones buenas o malas, pero sí maneras más sanas de gestionarlas.
Si aprenden que pueden estar enfadados, tristes o frustrados sin hacer daño a los demás, estaremos sembrando la base de la convivencia. - Enseñar a reparar.
Equivocarse forma parte del crecimiento. Lo que marca la diferencia es lo que hacemos después.
Cuando un niño ha herido a alguien, ayudarle a reconocer el daño y repararlo (con palabras o con hechos) es infinitamente más educativo que cualquier castigo. - Fomentar el respeto por la diferencia.
Hablar de los cuerpos, de las maneras de ser, de las familias, de las capacidades… sin jerarquías.
Que entiendan que la diversidad no es un problema: es lo que hace que el mundo sea rico, interesante y lleno de vida.
Es urgente dejar de mirar hacia otro lado.
Es urgente asumir que no es solo un problema de los adolescentes, sino el reflejo del mundo que los adultos les estamos mostrando.
De los protocolos, de los institutos y de cómo se llega a este punto ya hablaremos otro día, porque es abrir un melón importante.
Hoy toca hablar del principio, del lugar donde realmente se puede prevenir.
Toca hablar de nosotros.
Porque cuando entendamos que el bullying empieza en casa, y empecemos a ponerle hilo a la aguja, el mundo —de verdad— empezará a ir un poco mejor.