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Nuestra experiencia con la adaptación a I3

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En este curso...

Este septiembre ha sido especial: mi hijo mayor ha empezado I3. Y, aunque ya sabíamos que este momento llegaría, cuando lo vives descubres que la adaptación es un proceso tanto para los niños como para nosotros, las familias.

Hemos tenido la suerte de que la escuela (que nos encanta, por cierto) ha hecho una adaptación progresiva, con pequeños ratos de contacto y vínculo con las maestras. Esto ayuda mucho, porque no es todo de golpe y los niños tienen tiempo de ir situándose. Aun así, el momento de quedarse todo el día, o simplemente el momento de la separación, siempre es duro.

El primer día todavía, todo es nuevo y les hace ilusión. Pero el segundo día… ay, el segundo día suele ser más complicado. Los llantos son más evidentes y el adiós cuesta mucho más. Después me imagino lo que pasa, que al cabo de un rato está bien, porque mi hijo es un niño entusiasta, que entra con facilidad en las propuestas y disfruta de las cosas más pequeñas. Pero en el instante de la despedida, cuando lo dejas allí llorando o con un “mamá no te vayas”, no te queda más remedio que confiar: confiar en él, confiar en las maestras y confiar en que todo irá bien.

Cuando llega la hora de recogerlos, la maestra te da un pequeño resumen, rápido y escueto, porque detrás de ti hay una fila de familias esperando el reencuentro con sus hijos e hijas. Y aquí también me he dado cuenta de que yo, como madre, también estoy en proceso de adaptación.

En la guardería estábamos acostumbrados a recibir información detallada de cómo había ido el día, y siempre había comunicación abierta. En la escuela de los “mayores”, esto ya no funciona así. Y quizá ya está bien: también forma parte del proceso de aprender a soltar. No lo sé.

Aun así, hay momentos difíciles. Dejar a tu hijo llorando en la puerta del aula —por mucho que confíes en que al cabo de poco estará bien— te deja una sensación de culpabilidad e impotencia que te acompaña todo el día. Y pienso: quizá soy yo la que se está adaptando más lentamente que él.

Porque sí, la escuela de los mayores es eso: escuela de los mayores. Me cuesta verles sentaditos en corro con las mochilas puestas esperando a que vayamos a buscarlos, en vez de estar jugando libremente por el aula. Me cuesta verlos haciendo construcciones en una mesa y no en el suelo. Me cuesta verles con zapatos en lugar de ir descalzos. Son “tonterías”, lo sé, pero también son pequeños duelos.

Supongo que de eso se trata, de hacerse mayor tal y como marca el sistema y no tanto a su propio ritmo o como a nosotros nos gustaría. Y ahora toca aceptarlo.

Pero al final, lo que de verdad importa es que nuestro hijo esté bien, que se sienta seguro, acompañado, querido y que salga diciendo: “mamá, papá, hoy me lo he pasado súper bien”. Lo demás, con el tiempo, se va recolocando.