Llega el otoño, las castañas, los disfraces, los cuentos de monstruos y las hojas que caen. Y, a menudo, también llega el miedo.
Quizás tu hijo se asusta al ver a la castañera vestida con un pañuelo y una cesta, o tu hija no quiere entrar en la tienda llena de fantasmas y brujas colgando del techo.
Puede que a ti te parezca divertido, pero para ellos no siempre lo es.
Y eso no significa que sean “demasiado pequeños”, “demasiado sensibles” o “demasiado miedosos”.
Significa, simplemente, que son niños, y que el miedo es una emoción natural e importante.
El miedo no es un problema: es una protección
El miedo es una emoción que nos acompaña toda la vida.
Aparece cuando percibimos un peligro o una situación desconocida, y nos ayuda a protegernos.
Por lo tanto, cuando un niño tiene miedo, su cuerpo y su cerebro están haciendo exactamente aquello para lo que fueron creados: mantenerlo seguro.
Cuando decimos “no tengas miedo” o nos burlamos de lo que siente (“¡pero si es solo un muñeco!”), el mensaje que recibe es:
“Lo que sientes no está bien.”
Y eso hace que, además de miedo, sienta confusión o soledad emocional.
El poder de acompañar
En lugar de negar el miedo, podemos acompañarlo.
Podemos decir:
“Veo que la castañera te ha asustado. A veces impresiona un poco, ¿verdad?”
O bien:
“¿Ese fantasma te da miedo? Es normal, parece real pero solo es de cartón.”
Cuando ponemos palabras a lo que el niño siente, lo validamos y lo ayudamos a entender lo que le pasa.
Y eso le da seguridad, mucho más que intentar “quitarle el miedo” de golpe.
Dos miedos diferentes: el que nos protege y el que imaginamos
A medida que los niños crecen, pueden empezar a distinguir entre el miedo que nos avisa de un peligro real y el miedo que nace del pensamiento o la imaginación.
Podemos ayudarlos con ejemplos sencillos:
“Si vemos fuego, el miedo nos ayuda a alejarnos. Ese miedo nos protege.”
“Si piensas que hay un monstruo bajo la cama, es un miedo que sale de tu cabeza. No es real, pero lo sientes igual.”
Esto no es un “no pasa nada”, sino una lección emocional muy profunda: aprender a escuchar el miedo, pero también a revisar si lo que nos dice es cierto o no.
Cómo podemos ayudar desde casa
Hay muchas formas suaves de ayudar a los niños a convivir con el miedo:
- Darles tiempo. No forzarlos a tocar, mirar o acercarse a aquello que les asusta.
- Hablar después. Una vez pasan los nervios, se puede preguntar: “¿Cómo te has sentido? ¿Qué te daba miedo?”
- Usar el juego y el humor. Pintar monstruos divertidos, disfrazarse de cosas “que daban miedo”.
- Mostrarnos calmados. Los niños observan cómo reaccionamos nosotros. Si nos reímos o nos alteramos, no sabrán qué hacer con lo que sienten.
Cuando el miedo puede convertirse en aprendizaje
Cuando acompañamos el miedo con paciencia y respeto, los niños aprenden a conocerse.
Descubren que el miedo no es un enemigo, sino una voz interior que a veces nos avisa, y otras solo necesita ser escuchada para poder desaparecer.
Como todas las emociones, el miedo es una maestra. Nos enseña a ser prudentes, a confiar, a distinguir lo que es real de lo que no lo es.
Y eso, para un niño, es un aprendizaje tan valioso como cualquier cuento o canción.
En definitiva…
Este otoño, cuando veas a tu hijo asustado por un disfraz o una decoración, recuerda: no hace falta quitarle el miedo, hace falta darle la mano.
Acompáñalo con palabras dulces, con presencia y con amor.
Porque los niños no necesitan que el mundo sea menos aterrador,
sino saber que no están solos cuando tienen miedo.